Crónica de un secuestro virtual. Un relato de expiación.

El texto, publicado en ViceVersa Magazine, fue producto de una experiencia personal de hace tiempo. Va para quienes hayan vivido algo similar, o para quienes puedan experimentarlo en su propia vida: en México todos participamos en el sorteo del crimen organizado; cualquiera puede ser el próximo blanco de una extorsión.

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Recibí la llamada de un número desconocido, y cuando respondí, escuché la voz de mi madre.
—¿Hijo?

—¿Madre?

—Hijo, ayúdame. Unos tipos me agarraron y me subieron a una camioneta. Hijo, ayúdame, dijeron que me van a cortar la cabeza.

Había algo extraño en su voz. Algo que no entendí en ese momento, al fondo de su tono de súplica y de ese llanto como atragantado por un lamento desesperado.

—Tápale la boca y llévatela –dijo la voz de un hombre con el timbre despectivo de los criminales de película o serie de narcotraficantes—. Pues ya escuchaste: levantamos a tu mamá. La tuvimos que agarrar porque vio algo que no debía, un negocio que andábamos haciendo. ¿Oíste? Tu mamá se metió donde no la llamaron y eso le va a costar la vida.

El hombre hizo una pausa para esperar a que yo dijera algo. O para toser con su garganta seca.

—¿Bueno? —dijo.

—Sí, señor, estoy escuchando.

—¿Y por qué no respondes? Me parece que no estás entendiendo la gravedad del asunto. Nosotros podemos matarla en el momento en que queramos, ¿oíste? Y si nosotros sospechamos que tú haces algo para traicionarnos, escúchalo bien: la traición se paga con sangre. ¿Queda claro? Nosotros no queremos hacerle daño, pero ella se lo buscó. ¿Está claro? Nosotros no quisiéramos hacerle daño, pero ella puede traicionarnos. Y ya te lo dije: la traición se paga con sangre. ¿Cómo te llamas?

Le dije mi nombre. A partir de ese momento, no dejó de pronunciarlo. Ya no cabía duda de su control sobre mi voluntad.

Y ahora, escribo esto, a manera de justificación.

Escribo esto, como si tuviera que sentir vergüenza y justificarme por haber sido presa del crimen organizado. Como si la credulidad fuese un pecado o un delito peor que las acciones de los victimarios. Como si caer preso de una extorsión fuese una culpa que expiar. Porque, vivir en México es «sabérselas todas», saber cuándo y cómo y dónde «ponerse al tiro», mantenerse en alerta permanente, informarse del modus operandi de los criminales para poder burlar sus artimañas. De no hacerlo, la culpa no es de ellos. La culpa es nuestra por caer en la trampa. Estás viendo la tempestad y no te hincas, dice el viejo dicho, con esa sabiduría popular, a veces tan resignada, de los mexicanos. La culpa es tuya, por crédulo. La culpa es tuya por no tener cuidado. La culpa es tuya, por pendejo.

—Lo único que quiero es que me garantices que tu mamá no va a abrir la boca —dijo el hombre, después de un tremendo ataque de tos.

—¿Y qué quiere que yo haga?

Decirle que se tranquilice, que ya vas para allá. Volver a escuchar esa voz extraña (¿hijo?, hijo, ayúdame…). Seguir las instrucciones del secuestrador al pie de la letra. Escuchar, hasta el hartazgo, esa tos que le corta la garganta cada vez que acaba una frase larga. «Y que no se te ocurra terminar la llamada, ¿oíste? Si tú y yo perdemos la comunicación, ya sabes lo que pasa». Dirigirte al banco más cercano para retirar todo el dinero de tu cuenta. «¡Cómo que tienes tan poquito! ¿Qué no puedes conseguir más? ¿Eso es lo que vale tu madre para ti?» Pensar en toda la gente que podría prestarte más dinero para el rescate. No es poca, en realidad, pero no hay que involucrar a más personas en esta situación. Además, ¿y si nada de esto fuera cierto? De pronto la sospecha brota y se instala entre tú y la llamada y esa tos que está matando al supuesto secuestrador. Es una idea que ya no te abandona, pero también está la posibilidad de que tu madre corra verdadero peligro. Todo ha sido tan repentino y violento que hay que reaccionar lo más rápidamente posible. Una experiencia como esta conduce al límite de los instintos. Hay que actuar, pero también hay que pensar. Obedecer y buscar algún mecanismo de contraataque. Rápido.

Entonces no lo sabía, ni creo que tenía por qué saberlo, pero si se busca por «llamadas de extorsión» en Youtube, se puede encontrar más de un canal de dicha red social en donde los usuarios se divierten provocando a extorsionadores para hacerlos creer que han sido cautivados por su red de engaños. El extorsionador piensa que su interlocutor es como un ratón presa del flautista de Hamelin, pero se enfrenta a una cobra inmune al encantamiento. Quienes vemos su cara, cómo se burla del criminal, no podríamos explicarnos cómo es posible que los extorsionadores caigan en el juego. Es que hay que ser muy bruto para ser víctima de un secuestro virtual, dice el youtuber. Es un juego para ver quién tira más fuerte de la cuerda. El extorsionador suele caer primero. Se muestra humillado, hace un par de rabietas, grita un par de condenas —en un lenguaje tan mexicano y soez que resulta intraducible (pinche muchacho hijo de tu chingada madre, ya te cargó la verga por puto)— y termina la llamada. Entonces, el bromista ríe y el espectador ha de hacer lo mismo. Suenan risas grabadas (y no te olvides de suscribirte al canal para ver caer a extorsionadores como este imbécil). Es todo un espectáculo, tal como ver a un hombre bajar al ruedo sin armas. Al mexicano le gusta jugar con fuego, danzar con la muerte, reafirmar su superioridad cada vez que puede y ante quien se deje. Sentirse «Don Vergas», como se dice, popularmente. Debe estar escrito en nuestro ADN; en el cromosoma que guarde los genes de nuestro sentido del humor altamente inflamable.

Mi «secuestro» se convirtió en el simulacro que era en realidad cuando salí del banco, con la cartera llena de billetes, y comencé a sentir vergüenza. Mientras corría hacia la tienda Oxxo donde transferiría el dinero, pensaba en cuál sería la historia a relatar, cuando todo terminara. Entonces, caí en cuenta de cuan ficcional parecía todo lo sucedido. La tos del secuestrador seguía estallando en la bocina pegada a mi oreja y por mi cabeza aparecían imágenes de narcotraficantes comiendo palomitas frente a un televisor donde yo corría, desesperado. A su lado, también aparecía mi madre, el rostro cubierto por un saco de tela, las manos atadas por una gruesa cuerda, un cañón de pistola en la cabeza. Seguía confundido, desde luego. Entregué hasta mi último centavo y mis dudas se despejaron de inmediato. Demasiado tarde, sí, pero justo a tiempo para que nadie más resultara afectado. A tiempo de tomar nota de cómo escribiría mi texto. Es lo menos que podía hacer: ayudar a otros a lidiar con situaciones como ésta.

—Ahora vamos a comprobar que no me has engañado. Te voy a hacer unas preguntas y, si respondes con una sola mentira, la que pagará con su sangre será tu mamá.

—Si. Dígame.

—Dime: ¿Cómo se llama tu mamá?

—Miriam —mentí y a la vez no. Miriam es un nombre falso que suele dar mi madre a la gente de la que desconfía, aunque sea un poco. Dice que lo hace por seguridad.

–Muy bien —dijo la tos—. Ahora dime cuál es su número telefónico.

Mentí de nuevo. La estrategia me pareció lo suficientemente clara: Le doy la información. Me deja en espera mientras, con otro teléfono, llama a mi madre, a la verdadera. Entonces ella escuchará mi voz real diciendo: Madre estoy bien, haz todo lo que ellos digan (o algo así). Ella obedece. Entrega su dinero y recibe instrucciones para reunirse conmigo. Así los dos pensamos que nos hemos salvado mutuamente. Pero, la realidad, es que yo ya no soy una simple víctima. Soy un cómplice del extorsionador. Era hora de acabar con la farsa. La historia estaba completa. Hasta aquí llega mi sentido de la curiosidad. Hasta aquí, mi versión de los hechos. Terminé la llamada.

Según información recabada en Internet, hay diversos tipos de llamadas de extorsión:

*Amenaza de secuestro a un familiar.

*Oferta para salir de un problema legal.

*Anuncio de haber ganado un sorteo.

*Amenaza de difamación pública.

*Exigencia de depósito en cuentas bancarias.

*Petición de auxilio económico de un familiar en el extranjero.

(Entre otras.)

Lo más importante, en todo caso, es mantener la calma, contactar a la familia y asegurarse de que todo marche bien. Posteriormente, denunciar el número del cual se ha recibido la llamada. Si usted ya fue víctima de un secuestro virtual, lo más seguro es que, en un futuro próximo, siga recibiendo más llamadas. Usted ha quedado marcado de por vida porque ellos te han identificado como una presa más. Pero, para entonces ya sabe qué sucede. Ya sabe qué hacer y qué no hacer. Y, aunque Internet no lo dice, estas medidas, desde luego, no solucionarán el problema del todo: los criminales no caerán (estamos en México), pero lo importante será que desactiven el número del que han llamado y hacerlos pasar, a ellos también, por un mal momento. Lo que importa es reír al último. Reír mejor y más fuerte. Y no se olviden de dar «me gusta» y suscribirse al canal para más relatos sobre cómo sobrevivir a la trágica comedia de la vida en México.

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