Apuntes para un ensayo sobre la lucha contra el tiempo.

A continuación, el resultado de múltiples lecturas y anotaciones para lo que podría ser a penas un esbozo de un ensayo sobre uno de los temas que más me obsesionan y preocupan: el tiempo, o mejor dicho, la falta de tiempo y la incesante aceleración de la vida cotidiana. El texto fue dividido en dos partes para su publicación en ViceVersa Magazine. La segunda parte está pendiente, pero mientras tanto he aquí el trabajo íntegro:

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Iniciar por lo que podría ser una dolorosa conclusión. La premisa de donde puede suscitarse el principio de gran parte del malestar de los últimos tiempos. Decir: No tengo tiempo. Esa frase…

(Y si se presenta la ocasión, seguir recolectando frases acerca del agobio que produce una vida sujeta al ritmo vertiginoso de las neurosis cotidiana, la prisa y la urgencia, la urgencia de la urgencia y la falta incesante de pausas en el día a día. Nada que no se haya dicho antes. La afronta del ser humano contra la tiranía del tiempo es tan ancestral como la rebelión de los dioses olímpicos ante la devoradora omnipotencia de Cronos.)

…Decir esa frase en primera persona, a pesar de saber que todo intento de queja se diluye entre las voces apaciguadas por la resignación a la carencia universal del tiempo individual, porque no hay otra forma de esgrimir una causa generalizada que partir del bastión de la propia inconformidad y experiencia.

Por eso, «abajo el silencio del que se queda callado», escuché decir, innumerables veces, a Fernando Delgadillo cuando era un cantante de tendencia al que yo escuchaba de niño –y probablemente haya sembrado parte del instinto de insubordinación que motiva a la escritura de estos apuntes–. Y puestos a emplear la voz del trovador, añadir la estrofa: «creo que mi vida empezó el día en que quise crecer y elegir mis cadenas como cualquier otro ser».

Porque sí, puede ser que tal vez con crecer no se ganan derechos y responsabilidades, sino que comienzan a cederse libertades a cambio de obligaciones. Y el primer paso hacia tal condena es la reducción irremediable y totalitaria del tiempo para ser, más allá del ejercicio de un oficio u ocupación. Tiempo para, simple y llanamente, ser.

O del tiempo para hacer.

Porque a lo largo del día, completar con éxito y totalidad una larga lista de tareas se vuelve una proeza inalcanzable. Entonces, decimos que el tiempo en que transcurre y se escurren nuestras vidas ya no alcanza para todo. Ni tampoco, ni mucho menos, es tiempo que nos pueda pertenecer.

No podemos decir que el tiempo es nuestro sólo por llevarlo en los relojes.

En todo caso, ¿Desde cuándo comenzó el tiempo a ser tratado como una moneda transnacional, o un objeto de valor cuantificable y material? ¿Desde cuando «el tiempo es oro», y se gana o se pierde, o se roba o se invierte?

Se suele preguntar: «¿a qué dedicas tu tiempo libre?» porque se sabe, con resignación, que las jornadas laborales consumen lo mejor del tiempo de cada uno; el espacio distendido para pensar; la energía suficiente para crear.

Y el tiempo libre que queda después de una jornada laboral (o peor aun: el tiempo de libertad que resta, como restos de un cadáver arrojado al abandono atemporal de una fosa profunda) resulta ser demasiado breve. Y transcurre tan rápido como la sensación que produce entregarse al abrazo de los felices sueños. Un placer que, como cualquier otro, se acaba tan pronto la mente se restaura, se instalan todos los updates del reset nocturno y listo, buenos días, un día más para vivir un día menos. Bienvenidos a la realidad laboral, como solían llamar en la universidad a esta agonizante forma de vida.

Si el tiempo, tal como lo conocemos, no ha dejado de ser una bestia que nos persigue, hambrienta, y nos alcanza en cada anochecer, ¿por qué no viene alguien a enfrentarlo? ¿Por qué nadie nos libra de sus fauces ferales? ¿Hay alguien allí que quiera poner el cascabel al gato?

Ya se han hecho varios intentos de enfrentar al tiempo y sus irrefrenables caudales:

Desde la ficción (pensar aquí en la ficción como salvamento y extensión de la realidad), el ejemplo más claro y tal vez más obvio puede ser Peter Pan: encarnación del anhelo de la infancia perpetua; inamovible voluntad de vencer al adulto que quiere imponer su visión del mundo por la fuerza de su garfio y el filo de su embuste. Ese adulto que, claro, en el fondo, teme tanto al tiempo como teme al cocodrilo con sonido de segundero incesante que lo asedia y asediará por el resto de sus días.

Aunque existen, sin embargo, otros frentes ficcionales más recientes, más vigentes y probablemente más audaces:

Uno de los personajes derivados de Peter Pan, y uno de mis avatares predilectos, es ni más ni menos que otro héroe de muchas infancias y un par de generaciones contemporáneas. Hablo de Link, protagonista de la franquicia de videojuegos The legend of Zelda; el alguna vez llamado «Héroe del Tiempo», portador de la «Ocarina del Tiempo» con la que podía entonar la «Canción del Tiempo» (y sus variaciones en tono y armonía), para así disponer de su magia y alterar el flujo absoluto del tiempo, como si de un recurso domesticable, como el fuego y el agua y el aire y la tierra se tratase. Link era y es y seguirá siendo un héroe atrapado en un ciclo infinito de historias en las que viaje tras viaje, juego tras juego y así, hasta el infinito y más allá de la pantalla, en la palma de la mano del jugador, obra no tanto como un héroe de cuento de hadas, sino como un medio (o un vínculo) entre la fantasía donde el tiempo se suspende, y el jugador que se libera de su opresión temporal durante el lapso que dura la sesión de juego.

Todo videojuego, en realidad, puede contener en su esencia un efecto de subversión contra el tiempo. Bien sabido es que, a la hora de jugar, el tiempo se  bifurca y el jugador vive, o experimenta la sensación de vivir dos realidades temporales. Una es la del tiempo real; lo que ocurre en la inacción del cuerpo en el sofá, y otra es la del tiempo ficcional, donde ocurren los hechos irreales que, magia, traspasan todo el sistema ocular y se instalan en la experiencia y conciencia del jugador.

Pero hay que aterrizar. Acerca de estas teorías, sobre estos asuntos semi desiertos, en esta playa de apariencia virgen, todavía faltan muchas conquistas por lograr; aún queda mucha tela de donde cortar y debe haber aun más hilos negros que inventar. Hacia allá voy y hacia allá vamos algunos lunáticos perdidos en el tiempo.

Mientras tanto, y hasta entonces, tras las bambalinas de la ficción, en los camerinos de la no ficción, la ciencia pone de su parte para descifrar el gran enigma del ineludible e irrefrenable torrente voraz.

Desde este frente, el tiempo puede definirse y medirse y estudiarse. Puede, incluso, especularse sobre la posibilidad de detenerlo, atravesarlo o regresarlo. Volver al pasado y volver al futuro. Y, desde luego, utilizarse formularia y física y químicamente. Hace poco, incluso, se dijo que científicos de alguna parte, o algún laboratorio, donde ocurre que la fantasía no puede sino dejar de ser ficción, un grupo de científicos logró crear «cristales de tiempo» (Buscar la referencia en Google).¿Pero qué es eso exactamente? o más importante aun: ¿de qué servirá semejante hallazgo? Queda claro que la respuesta es planteárselo como el próximo misterio a resolver. Tal vez el tiempo, por fin y por piedad y por justicia divina, pueda manipularse a conveniencia de la profana voluntad de transformar el mundo a imagen y semejanza humana.

Lo sé muy bien, no hace falta recordarlo: lo más seguro es que me equivoque. Desde la brevedad de estos apuntes, no se puede sino urdir algunas conjeturas retóricas. He allí otra forma de resistencia contra el tiempo: aquella que se crea desde una posición de los lunáticos que obran a lado del camino. Quienes, consiguen resistirse a los regímenes de la sociedad sin aislarse de ellos. Quienes avanzan con la corriente, sin ser arrastrados por su caudal; inmaculados de su barro maloliente. Es la llamada «resistencia tangencial» propuesta por Luciano Concheiro, quien a través de su ensayo Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante, pretende sentar las bases de un manifiesto para sobrevivir en esta eterna lucha. O, cuando menos, para no ser vencidos o arrastrados por su incesante corriente.

En palabras propias del filósofo mexicano, «para escabullirse de la velocidad, hay que aventurarse a enfrentar al tiempo mismo: detener su curso. Esto sólo puede lograrse mediante el instante: una experiencia que consiste en la suspensión del flujo temporal. El instante es un no-tiempo: un parpadeo durante el cual sentimos que los minutos y las horas no transcurren. Es un tiempo fuera del tiempo».

Tal parece que, mientras la ciencia no cumpla su promesa de poner al tiempo en su justo sitio, y mientras la ficción no arroje a sus «héroes del tiempo» fuera de las pantallas, lo único que nos queda a nosotros, los mortales, es adoptar la conducta de los lunáticos que pueden esculpir el tiempo a través del cine, o quienes con la fotografía pueden encapsular la imagen de un instante; quienes con un poema pueden transmutar el instante en infinito o quienes con la música hacen palpitar al infinito con la fuerza de su espíritu. Una vez más, y hasta descubrir la manera de librar esta batalla de dimensiones ancestrales, puede ser que tales actitudes de vida y de sabernos cercanos a la experiencia más real de la magia del presente, sean el salvamento que hemos buscado desde que sabemos a dónde nos lleva la Vía Láctea de los años. Allá vamos, lunáticos y cuerdos, hacia el mismo destino. Todos a bordo, hasta la última parada y a la velocidad del tiempo.

[La primera parte de este texto fue publicada en ViceVersa MagazinePuede leerse en: http://bit.ly/2rz7QHh]

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