“Los hermanos callan”. Un relato sobre la (no) intimidad.

Han pasado algunos años desde que lo escribí. Y sí, mi escritura, desde entonces, ha pasado por varias transformaciones, pero este relato es uno de esos pocos que conservo y cuido, porque todavía al releerlo me hace sentir prácticamente lo mismo que cuando lo terminé.Quizás por ese cuidado de jardinería (y poda y reescritura) con que lo he tratado, «Los hermanos callan» fue a sembrarse como uno de los veinte ganadores del 4to Premio Endira Cuento Corto,  gracias al cual fue antologado en la colección Papel de estraza. Es un placer estar rodeado de plumas tan potentes como la de Hilda Sitges (primer lugar del concurso y finísima persona), así como del resto de los ganadores acogidos por el empeño literario (y quijotesco) de la Editorial Endira. Comparto ahora mi relato para quien lo quiera leer, aunque lo hago también para invitar a leer el libro completo. (Más detalles adelante).

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Los hermanos callan

 

El condón usado estaba en la bañera. Sin ningún reparo y con impúdica indiscreción, el instrumento sanitario se hallaba a la vista de cualquiera que entrase, ya no digamos a tomar la ducha, sino a lavarse las manos, a mirarse en el espejo, a cepillarse los dientes o a perder el tiempo en lo que sea que se antoje hacer en tan reducido espacio de intimidad.

Pese a lo que pueda imaginarse, el cuerpo del delito no fue dejado allí por algún apasionado que hubiese saciado su apetito carnal, con la seguridad de haber reducido la probabilidad, siempre existente, de contraer o transmitir algún bicho o enfermedad.

No.

Se trataba de los residuos de un deseo hecho estallar, descuidadamente, por alguno de los dos hermanos de Regina. Ella lo supo muy bien al verlo. No era la primera vez que entraba en la habitación para llevarse la desagradable sorpresa de encontrar un cadáver idéntico. Hacía no mucho que esta situación se volvía habitual. Los hermanos son tan desfachatados que cualquiera que hubiese condenado aquella simiente al abismo, seguro se había preocupado más por apurar el acto y regresar su lugar favorito en el asiento frente al computador.

A veces, Regina sentía compasión por ellos: un par de buenos para nada que no encontraban satisfacción más allá de pasar las horas frente a la pantalla, de cuya infinidad de contenidos descartaban toda información útil y seleccionaban sólo aquella que no nutría más que su curiosidad de orden primario, más bien primitivo, y tal vez una que otra conversación con los amigos de la misma condición mental.

Pero sus personalidades hurañas, sus aficiones alienantes, su capacidad de asombro nula y su desprecio por la vida, no eran suficiente excusa para el juicio de Regina: son unos puercos sin sentido del pudor. Tuvieron suerte de abandonar sus desechos corporales, ahora estériles, en ausencia del padre. Él no era blando. Él los habría castigado severamente. A los dos por igual. Para él, las averiguaciones previas son innecesarias; conoce la naturaleza de sus hijos y sabe cómo reprimirla.

Regina irrumpió en sus alcobas para reprocharles su falta de delicadeza hacia los asuntos del cuerpo. Primero se dirigió con Fede, quien no hizo sino asentir con la mirada fija en lo que sea que viese en la pantalla. Llena de cólera por la impávida reacción, Regina se dirigió con Marco, el mayor de los dos, en quien notó ese inmediato rubor de la inapelable expresión de culpa. «Eres un marrano», gritó tras el portazo.

Pese a que su sentido común le dictaba quién era el culpable, Regina prefirió no comprobar la veracidad de su especulación, quizás precipitada, aunque esto no redujo su angustia. Sospechaba que, más que un desatino de su desvergüenza, podría tratarse de un desafío digno de la insolencia que lo caracterizaba. Y a ello devendría alguna acción propia de su personalidad visceral.

Su inquietud se sustentaba en aquella ocasión en que Marco desapareció de la casa por unos días. Regina notó su ausencia desde el primer momento; nadie más percibió su asiento vacío como un indicio de la próxima turbación del ánimo familiar. «Tal vez el muchacho se encuentra con sus amigos y llega más tarde», dijo la madre. «Tal vez quiere desafiarnos el condenado insolente», dijo el padre. «A lo mejor se fue a vivir con su novia», dijo Fede.

«¿Cuál novia?»

Este último argumento dio señas para el fin de las cavilaciones del padre y de la madre, ciegos de ira o hartazgo, pues aunque no les sorprendía en absoluto, no estaban ni de acuerdo ni enterados de la existencia de esa supuesta relación carnal. Tardaron poco en darse cuenta de que se trataba de una pareja en la que ellos podían confiar todavía menos que en el propio Marco: de una vil cualquiera que el muy idiota había conocido luego de una ardua serie de búsquedas en sitios de webcams, una chica de quien se dejó convencer para abandonar la casa y reunirse con ella a fin de vivir aventuras inimaginables. «Muchacho estúpido», exclamó el padre y la familia entera se sumió en el caos de lo incierto.

Regina ayudó, por supuesto, en la búsqueda del escapista, aunque no consintió que se hurgara en la intimidad del computador, los secretos de su habitación, en todo aquello donde los padres metieron la mano y de donde extrajeron las pistas para hallar el paradero del hijo y la maraña de adquisiciones pornográficas de las que se había hecho durante quién sabe cuánto tiempo.

Finalmente, el condenado insolente fue hallado y traído de vuelta a su merecida prisión, donde recibió la reprimenda correspondiente, seguido por Fede, quien también fue castigado por su posible, y muy probable, complicidad. Regina también se llevó parte del regaño por no ayudar lo suficiente en la crianza de las ovejas. Los hermanos saben que ella ha sido la mártir entre los tres; se ha ganado su confianza y ha demostrado ser, para ellos, mejor que una madre, la más solemne y silenciosa amiga.

Ella sabía perfectamente cuál es su posición ante los dos. Por eso su preocupación respecto a ellos se agudizó cuando comenzaron a aparecer los condones. Tenía que hacer algo al respecto. Y pronto. Pero su propia mano no sería suficiente para amansar al par de indómitos. Si bien el lazo que los concatenó desde la huida de Marco la situaba como una ilustre guía, su responsabilidad no había abandonado todavía un origen laxo. Se encontraba emboscada entre sus hermanos y el conflicto ético de tener que recurrir a la autoridad inmediatamente superior, con todo y sus implicaciones.

Acudió con la madre y le manifestó su esperanza de no ser expuesta como la delatora. Le pidió fingir que se había enterado por cuenta propia luego de haber encontrado la evidencia entre la basura, o alguna mentira similar. No  debería sorprender la actitud de culpa con que Regina actuó. Después de todo, ella misma se sabe una mujer de impureza prematura: una maestra en el arte de la masturbación discreta.

Cuando se inició en eso de la propia seducción no hubo guía alguno de por medio. Contaba doce años y ningún pensamiento que pudiese considerarse malicioso. Era una de aquellas muchas tardes de soledad, los hermanos aun pequeños y ya distraídos por tormentas de imágenes en la pantalla. Nada entre ella y su cuerpo. El aburrimiento y la calma. Leía. Su alcoba y refugio fue único testigo del momento en que, por probable acción del instinto corporal, llevó su mano a la entrepierna, sació cierta comezón, y se encontró con el origen de una serie de explosiones de placer sin parecido ni precedentes.

Desde luego, la prudencia innata y el temor al padre la hizo callar y guardar sus primeros orgasmos como un tesoro de cada noche. No los compartiría con nadie. Pero qué culpa. La tiranía proviene de la sociedad acusadora, de aquella maestra de educación valoral que todavía hoy imparte su doctrina en el colegio y que dice a los neófitos en el planeta de las almas perversas que tales y cuales conductas son malas, que esto y aquello no debe hacerse por ningún motivo, sin explicaciones que avalen el regaño y la rotunda desaprobación.

Fue así como Regina conoció el nombre del pecado que cometía, el demonio que idolatraba, y se prometió no incurrir jamás en tremenda suciedad. «Semejante falta de respeto no tiene excusa». Por eso tenía que procurar la dignidad de sus hermanos y encontró en este examen de conciencia que la acusación en contra no fue sólo del todo bondadosa, sino justa y necesaria. No obstante, los recuerdos traídos desde una fosa sin fondo, creada por ella misma, provocó total perturbación a su conciencia y un nuevo deseo se gestó en ella; le condujo por la senda de lo incontrolable, sintió florecer el manantial de la excitación y un clamor invencible provino, inusitado, de su bajo y húmedo y ardoroso inframundo.

Poseída por el ardor, se entregó a ese estremecimiento revitalizador que siguió el cauce de su cuerpo y que, naturalmente, conduce al suspiro en el que  puede verse reducido, por un instante, la creación del universo. Pero ella no llegó a tal grado de éxtasis, no fue como en los viejos tiempos, cuando esta era su actividad nocturna favorita.

Mientras lo hacía, no pudo evitar que la presencia de su hermano acusado se colara en su imaginación una y otra vez. En el pasado, todo era un blanco, níveo, puro. Nada acontecía en su cabeza que no fuera el gozo por el gozo. En esta ocasión, el hermano estuvo allí, sin invitación, mostrándole que compartían el mismo vicio y que ambos eran culpables. Regina se detuvo justo en el clímax. Hizo acopio de voluntad, trató de retener el deseo de arremeter nuevamente, pero no lo consiguió. Volvió a llevar su mano al sagrado sitio, los dedos mojados, sin obtener nada más que nostalgia. Había desgastado su último deseo ante el genio de la lámpara del libertinaje. Se detuvo de nuevo, cerró los ojos y echó a llorar.

Acudió a Víctor, su mejor amigo. Más que un refugio, necesitaba dar salida a ese secreto que la mantuvo en vela por horas. «Soy una sucia», decía. Quería que alguien la juzgase tan severamente, solo así podría domar instintos tan bajos como los que habían surgido en ella. Y él, su amigo de toda la vida, era el indicado. Desde ese momento, la miraría con lástima, o mejor aún, con desprecio. Y ella sufriría por completo el desgarro de la vergüenza.

Pero ocurrió lo contrario. No habría esperado despertar en él una tremenda curiosidad, ni que reavivara su deseo. Éste ya estaba perdiendo la esperanza de que pudiera darse, entre ellos, algo más que la eterna amistad. Regina sólo se dejaba ver en horarios y zonas escolares. Su ruta era inamovible: del colegio a la casa, de la casa al colegio. Si se le quería abordar, debía ser en el camino o en alguno de ese par de lugares.

Ahora, con la visión siempre fantástica de una novia que gustaba de saciar el apetito sexual, en Víctor se animó la pasión como un incendio. Algún día ella cederá a sus propios deseos y éste no podrá ser llamado culpable de llevar a la inocente al extremo infernal del Jardín de las Delicias.

Víctor revirtió su alivio y se lo entregó de la misma forma, diciendo que él también «hacía lo propio» —pensando en ella; siempre en ella—. Una vez más ocurrió el efecto contrario a lo esperado, aunque para Regina esto fue un golpe duro y bajo. Más bajo que duro. Ahora más imágenes se apilaban para dar leña y rienda suelta a sus fantasías y malestares.

No supo qué decir, y no dijo nada. Se llevó el nuevo secreto a casa, donde anduvo como muerto que habita entre los vivos. Sus hermanos la miraban, sabían que algo extraño le ocurría. Ella sentía cómo la quemaban con los ojos. «¡Dejen de mirarme, pedazos de mierda!», gritó un día pero ellos continuaron con su vigilancia furtiva.

Hasta ese momento, Regina nunca había sentido cuan poco espacio para la privacidad había en aquél sitio llamado hogar. Eso es lo que ocurre cuando se crece en donde los muros hablan y cada palabra, cada susurro y roce de la piel entre las sábanas suena como ecos en rebotar infinito. Por eso Regina era toda una experta en la discreción; a la hora de la saciedad nocturna, conseguía sofocar gimoteos y suspiros como sólo el silencio sabe hacerlo.

Aunque ese día pareció olvidarse de su capacidad silente: ya estaba imaginando a Víctor con pasión, cuando le pareció escuchar que había alguien tras la puerta, alguien que la observaba a través del cerrojo. Se detuvo, agitada y oteó en la oscuridad para descubrir alguna sombra, escuchar acaso un murmullo, o percibir otro indicio de espionaje. Su respuesta fue el sonido del escusado; la señal para exhalar el aliento contenido. Fue libre para sentir alivio. Pero esa noche jamás consiguió estallar como tanto quería; no dejó de creer que alguien observaba a través de la puerta.

No podía sostenerle la mirada a Víctor. Prefería alejarse, aparentar que se ocupaba de asuntos más importantes. Sabía que denotaba enojo hacia él, pese a que no era aquella su intención. Mas, si se hubiera tomado un tiempo para hacer un examen de conciencia, se habría encontrado con la sorpresa de que la molestia se debía a que, en el fondo, reconocía el símil entre éste hombre, otro patán que decía quererla, y sus hermanos que decían respetarla.

Él, sin saber por qué se comportaba como fiera en posición defensiva, la abordó para invitarla a salir más allá de sus umbrales. En realidad no esperaba que ella accediese, era una perla bien resguardada. Sin embargo, Regina prefería estar fuera de casa, donde nadie la observase, y decidió escapar. Ya más tarde lidiaría con una culpa y su origen ignoto.

Acordaron la hora, y unos minutos antes de que él llegara a su encuentro, Regina se desnudó frente al espejo. Su cuerpo se situaba en la línea de lo atractivo, o eso creía ella, cuando menos ese día. Levantó sus senos con las manos y les contempló con especial cariño, como si fuesen los bebés de la madre. «Son bonitos», pensó. «Quiero que los vea», otra voz en su conciencia dictó y una tercera vino a inquirir. Eran la del padre y sus hermanos: «¿por qué piensas eso?, ¿qué piensas hacer esta tarde?». «Nada, nada, sólo fantaseaba, es todo, ¿qué hay de malo en eso?». Regina sintió una fuerte necesidad de verificar que no hubiese nadie tras la puerta. Se dirigió a ella, entreabierta, y antes de cerrarla lanzó una ágil mirada hacia el exterior. Desierto.

Mientras se vestía, no dejaba de pensar qué habría pasado si alguno de sus hermanos le hubiese estado espiando. Se estremeció, pavorosa, pero el pensamiento se deshizo rápidamente y no dio pie a que aflorara su leve anhelo incestuoso; Víctor había llegado y era hora de ocupar su atención en él.

En el camino hablaron de cualquier tontería. Víctor trataba de hacer comentarios astutos que causasen gracia a su querida Regina. Quería contentarla antes de llegar a su destino. Ella detectaba sus intentos y los encontraba medianamente patéticos. No lo culpaba del todo, ella sabía reconocer que su carácter insaciable abonaba puntos a su poca empatía por la gente. Así que poco a poco fue alivianando la expresión del rostro y el disfraz de simpleza con el que vistió a su frigidez emocional se convirtió en verdadero regocijo.

Hacía mucho tiempo que no experimentaba esa alegría. Entre cada visita al mundo exterior olvidaba el sabor de la libertad y deseaba emerger como mariposa del capullo, evaporarse y mezclarse con las nubes en su viaje metamórfico y eterno. Ser lluvia e impregnarse con el aroma de la tierra al acariciarla con sus dedos. Allí estaba la vida verdadera, lejos del látigo del padre, lejos del catalejo de la madre, lejos de las hormonas de los hermanos. Nuevos deseos se apoderaban de ella: había todo un mundo de placeres no sexuados por descubrir, y ella siempre encerrada. Siempre en silencio.

Sentía la mayor de las gratitudes hacia el amigo. Decidió olvidar el secreto que se habían confiado y que entre ellos hubo tensión alguna vez. Él era, ahora, su libertador momentáneo. Y en ese beso recaía su pasión sincera, deseo puro de la compenetración, el amor que estuvo esperando otorgar a quien lo mereciese.

Fue entonces cuando, en medio de la oscuridad del cine, él tocó su seno y la respiración de Regina respondió al instante como una nota incierta en canción por ser compuesta. Tocó su pezón y ella no pudo detenerse, pese a que los nervios como polillas se la estaban tragando. Permanecieron así por un tiempo hasta que él metió su mano por debajo de la falda y comenzó a darle la dosis de placer que ella más tarde se encargaría de completar, ya que con él, no ocurrió el feliz desenlace. Regina le hizo retirar las manos y se alejó unos centímetros de su cuerpo, lo miró extrañada, casi molesta. Odiaba aterrizar en la realidad. «Qué haces», dijo y él dio un sinfín de excusas, balbuceos, disculpas por atreverse a irrumpir en su intimidad sin preguntar.

Pese a lo que puede pensarse, no fue ese arranque hormonal lo que arruinó la noche de Regina. Víctor inició un trabajo que, de haber sido planificado o propuesto, Regina no habría disfrutado como lo hizo entonces y después, en la cama. Porque no era ella quien había comenzado a saciarse. No; era él quien estaba ahí presente, en la soledad de su alcoba, haciéndola gemir, perder el control, olvidar el silencio, la compostura, la quietud, la decencia. Era él, a través de su propia mano quien la hacía revolcarse entre las sábanas, cambiar de posición, estar a punto de gritar, olvidarse de la mirada de la puerta, estremecerse y temblar, temblar, temblar…

Terminó justo en el momento en que Marco no pudo más y abrió la puerta. La vergüenza que acalambró el cuerpo de Regina provocó el retardo que tuvo en jalar la sábana para tapar su cuerpo. No pudo evitar que el hermano la conociera, todavía sacudiéndose con el último orgasmo. Y ella, al ver el veneno en su mirada, supo quién había estado, todo ese tiempo, mirando tras la cámara. El nombre de los ojos en la puerta.

«Traidora», dijo, desnudo, con la mano asiendo el instrumento que usaría para la venganza.

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