“La muerte en la pantalla”. Un relato nacido de la sensación de vacío.

Este relato fue resultado de un ejercicio de clase, para cuya realización convergieron dos métodos de escritura creativa: El primero fue el registro de eventos en un diario durante una semana, a la manera en que proponía John Cheever a sus alumnos de la Universidad de Iowa. Este método incluye, además, la integración de siete personajes que no guardan relación entre ellos, y la redacción de una carta de amor desde un edificio en llamas. El segundo método fue la consigna recibida por parte de Eloy Fernandez Porta durante la asignatura “Nuevas formas y nuevos ámbitos”, del máster en Creación Literaria (Barcelona School of Management-UPF), para la cual se nos indicó visitar la pieza Archives de l’année 1987 du Journal ‘El caso’ de Christian Boltanski, que formaba parte de la exposición Tres narrativas, en La Caixa Forum (2015). La intención era escribir un texto que incluyese una descripción física del lugar, además de una descripción de las sensaciones que producía el “estar ahí”. Ésta última indicación se convirtió en el detonante e hilo conductor del texto, ya que se trata de mantener una sensación a lo largo de la travesía del protagonista hacia la serie de encuentros y desencuentros presentados. Finalmente, el ejercicio ha visto la luz editorial en el libro Crear en apuros. Manual de escritura creativa (Universidad Iberoamericana León, 2018), para el cual expuse la síntesis de mi proceso creativo, a manera de propuesta de taller. Dejo aquí el relato para quien guste leerlo, pero sobre todo, a manera de invitación a conocer la propuesta de taller y el manual completo.

———

La muerte en la pantalla

 

El teléfono volvió a sonar. El estudiante aún no veía más que pixeles en los ojos entrecerrados. El timbre insistía e insistía y él no despertaba. Qué raro, se dijo; el teléfono nunca suena; ¿qué hora es? Ya no escuchaba nada cuando encontró el aparato que antes vibraba sobre la cama. La luz de la pantalla lo cegaba.

11:11

2 llamadas perdidas de

Liliana

Otra vez Liliana. Pensó devolverle la llamada, pero sabía que ella insistiría dentro de poco. Abrió la persiana para corroborar lo inevitable: la mujer en la ventana no estaba ahí. Hacía tiempo que no la veía en el edificio de enfrente, haciendo música con su guitarra. Pero qué suerte que no estuviera, pensó al recordarse desnudo y bajar la persiana. Nadie lo habría visto. Hacía años que nadie lo veía. Nadie más que los cuadros que decoraban su habitación. Esos retratos inanimados que lo miraban sin mirar. El estudiante buscó sus calzoncillos entre las sábanas. ¿En qué momento los había perdido? Sonó el teléfono.

—¡Hey!,  ¿Por qué no contestabas?

Seguía dormidorespondió. Y estoy desnudo, pensó. Liliana rió como diciendo no seas ridículo.

Estoy en la ciudad; hay que vernos.

Hoy no puedo, quiso responder como hacía cada vez que Liliana volvía del extranjero, pero ella habló primero:

—No estaré mucho tiempo; me voy mañana.

—¿Por qué tan pronto?

—¿Tan pronto? Te envié como mil mensajes por Facebook, por todas partes. Nunca estás ahí. Es como si hubieras desaparecido. Nadie sabe tu teléfono. Tuve que llamar a tu madre. No sabía que te habías mudado. Tienes mucho que contarme.

Quedaron de verse en el museo de la ciudad, luego irían a una fiesta en casa del Manu. El estudiante se habría negado a la segunda parte del plan, pero era demasiado tarde. Responder el teléfono era decir que sí a todo lo que dijera Liliana. Llevaba un año sin verla. Encontrarse con sus otros colegas de la universidad le daba igual.

Antes de salir de casa olvidó cargar completamente la batería del teléfono, pero no de guardar en el bolsillo la carta que había escrito para la mujer en la ventana. El manuscrito siempre iba con él. Cuando llegó al museo, Liliana no estaba ahí. Miró la hora.

 

19:00

Recordó no haber cerrado nuevamente la persiana. Se preguntó si desde su apartamento, La mujer en la ventana podría ver los retratos que colgaban en los muros de su habitación. De ser así, habría visto ya unas veinte versiones de La mujer en la ventana, todas ellas copiadas de la fotografía que le había hecho con el teléfono. ¿Se reconocería en las ilustraciones? Las pinturas eran versiones propias de lo que podría ser en la vida real esa musa ignota. Ni siquiera en el retrato verdadero se alcanzaba a distinguir alguno de sus rasgos, acaso el cabello teñido de sepia flotando sobre la cabeza, alborotado, y una expresión indescifrable en los ojos que lo habían visto retratándola. Desde entonces ya nunca abría la persiana.

Mientras recordaba esto, el pintor miraba la fotografía a hurtadillas. A veces se sentía criminal por hacerlo en público, como si a su alrededor alguien pudiese distinguir lo que miraba en la pantalla. Al hacer zoom a la imagen, como para ver los detalles de la chica, sólo se distinguían los pixeles agigantados que no permitían ver nada en realidad. El teléfono vibró en su mano.

 

19:22

Mensaje nuevo:

¡Hey! No alcanzo a llegar.

Nos vemos en casa del Manu.

¡No me falles! (Mira la expo)

Lilith

Leyó pensando en su voz como de caricatura. Todavía firmaba «Lilith», como la llamaba Bárbol. (El buen Bárbol. Cómo lo extrañaba). Entró en la exposición sintiéndose más solo que si se hubiera quedado en su habitación. En otras circunstancias no habría ido al museo. En otras circunstancias no habría hecho nada. Liliana lo conocía muy bien. Seguramente lo había hecho salir a la calle adrede; ella solía hacer lo que quería, y él, y todos a su alrededor, lo que ella mandaba.

La sala estaba a penas iluminada por un par de lámparas. En los muros había retratos de  personas desaparecidas o muertas que daban la sensación de sepultar al espectador bajo su ausencia y su mirada. El espectador se detenía a reflexionar ante cada imagen, sabiéndose observado e ignorado por el resto. Lo miraban sin mirarlo. Eran imágenes poco nítidas, amplificaciones de diarios, relatos sugeridos, protagonistas anónimos de prensa roja, gestos indescifrables de personas que no recordaría, fantasmas que ya sólo existían allí, en ese cementerio fotográfico que recopilaba un archivo histórico condenado a desvanecerse en las bodegas de los noticiarios, quizás en los departamentos de policía y entre el polvo de las hemerotecas.

A Bárbol le habría gustado venir, pensó el espectador. El día de su muerte, su nombre había estado en boca de todos. Ahora sólo él parecía quererlo recordar. Incluso Liliana evitaba hablar del asunto. Cada año, desde que se había ido al extranjero, era igual. Sintió deseos de llorar, pero descartó la idea, por supuesto. Sería hipócrita hacerlo en ese velorio simbólico mientras pensaba en el entierro de alguien más. El amigo sobre cuya tumba no derramó lágrimas. Esos retratos tampoco lo verían llorar.

A su lado escuchó un leve sollozo, el preámbulo de un llanto obligado a la contención. El exhalar entrecortado provenía de la chica que miraba las fotografías a su lado. ¿En qué momento había llegado allí? No pudo ver su rostro bajo el cabello alborotado, ni el tímido escurrir de sus ojos. Debió sentirse descubierta, con la mirada a punto de estallar, pues se fue con paso apresurado, casi corriendo, con el escándalo de esos zapatos rojos y difíciles de olvidar. Tal vez huía de la mirada de los cuadros, tal vez de los ojos del espectador que reparó en su cabello como teñido de sepia. ¿Cuánto tiempo había estado a su lado?

 

19:44

El museo estaba por cerrar.

Salió de aquel sepulcro pensando en la chica que no pudo ver claramente. Recordó la carta que llevaba en el bolsillo. Nunca supo para qué la había escrito en realidad. Sólo sabía que el día que la mujer en la ventana dejó de hacerse visible, comenzó con eso de las pinturas. La mujer en la ventana tocando su guitarra, La mujer en la ventana con el cuerpo de La Musa, La mujer en la ventana con atuendos de Liliana. Sabía que aquella forma de conocerla y hacerla suya, de mirarla y hacerla mirarlo, no le bastaba para apaciguar su ardor; que, motivado por un instante de vehemencia absoluta, comenzó a escribir esa carta, un texto que corregía de tanto en tanto, como si alguna vez se la fuese a ver su destinataria. Quién diría que encontraría a la chica, o creería encontrarla, en aquellas circunstancias. De haberla visto antes, ¿le habría dado la carta? Pensó en buscarla. No hizo falta. Al doblar la calle rumbo a la estación del metro, la vio bajar por las escaleras de la línea que él también abordaría.

Fue sencillo hallarla entre el tumulto del sábado por la noche. La reconoció por el color de sus zapatos. El persecutor se detuvo a unos pasos de distancia. No se contuvo; miró la fotografía una vez más. ¿Era ella? No encontró ninguna respuesta en el cabello que ondulaba sobre su nuca, ni en el abrigo negro que protegía su espalda, ni en la curva de sus piernas bajo las medias oscuras, ni en la vitalidad de sus pies al marcar el ritmo de la impaciencia. Se había situado tan cerca de las vías del metro que un leve empujoncito, un salto de ratón, la haría caer bajo el tren que ya llegaba. El persecutor dudó un momento antes de ir tras ella. Lo hizo justo a tiempo; las puertas cerraron.

La chica consiguió un asiento junto al vidrio donde apoyó la cabeza. El persecutor se situó a su lado, pero no se atrevió a mirar su rostro directamente; se daría cuenta de que la miraba y, de ser la mujer en la ventana, jamás abriría la persiana de nuevo. Hizo como si también mirara el túnel del metro a través del cristal. Contempló el reflejo de sus rasgos fantasmales. Deslizó un poco la vista hacia su rostro verdadero, a su expresión indescifrable. La chica movió los ojos y sus miradas se cruzaron. El persecutor sintió ese color oliva atorarse en su garganta. Desviaron las miradas. Fue tan breve el encuentro que el persecutor comenzó a olvidarla. La chica sacó su teléfono del bolso. ¿Hola?, dijo y el persecutor creyó que fingía para advertirlo de que se sabía observada. Sí, estoy bien, gracias; no te preocupes, dime; sí ya llego, bajo en la siguiente estación.

 

20:55

El estudiante llegó tarde a la fiesta. Debió haber bajado en la misma estación que la supuesta mujer en la ventana, pero no lo hizo para que, de ser realmente ella, no se sintiese perseguida. El Manu abrió la puerta, no supo disimular su cara de sorpresa. ¿Eric? No te esperaba, pensó el estudiante que el Manu diría. Qué onda, bro, dijo realmente; cuánto tiempo sin verte, ¿cómo has estado? pasa, pasa. Después del abrazo de cortesía, el estudiante se preguntó si sabía con quién hablaba. Dejó su abrigo sobre la pila en el vestíbulo. No vio ninguno tan colorido que delatara la presencia de Liliana. ¿Dónde está Liliana? Dijo que vendría, creo que ya no tarda; sírvete un trago, anda.

La casa estaba abarrotada. Afortunadamente, el estudiante no tuvo que insertarse en ninguna de las charlas que ya se desarrollaban porque el Manu dijo: Alicia, mira quién vino, ¿lo recuerdas? Claro que sí, respondió la chica rubia con voz de recordar a cualquier otra persona en cualquier otra fiesta. Eras amigo del novio de Liliana, ¿cómo lo llamaban?; oye, cuánto lo siento; tu amigo era un tipazo. El amigo del novio de Liliana no quería decir nada. Descuida, ya pasó mucho tiempo. Mira, te presento a una amiga, dijo Alicia cuando la chica de zapatos rojos salió del baño. Su nombre era Gloria, no lo habría de olvidar. Un mechón de cabello sepia tapaba uno de sus ojo color olivo; el otro lo miró, bien abierto. Debió reconocerlo: era el voyeurista que le había hecho la fotografía desde su apartamento, el espectador que la había escuchado a punto de llorar en el museo, el persecutor que la había estado observando en el metro.

—Hola —dijo ella con un tono de voz que el amigo del novio de Liliana no supo interpretar. Sus labios temblaban.

—Hola —respondió y un instante de silencio se instaló entre ellos. Hicieron cara de «qué silencio tan incómodo» y desviaron las miradas. El estudiante pensó que todo cuanto podría decirle estaba escrito en la carta, un texto para una destinataria sin nombre concreto, firmada con un pseudónimo tan desconocido que sólo figuraba en aquel manuscrito.

Sonó el timbre. Ya abro, dijo el Manu sin saber si alguien lo escuchaba. Comenzó a sonar una pieza de salsa. Oye eso, Glo, dijo Alicia; bailemos. El amigo del novio de Liliana se quedó allí, junto al baño, viéndolas alejarse con la cerveza en la mano. Todo había ocurrido tan rápido que comenzaba a olvidar, nuevamente, ese rostro del que solo reconoció la mitad. Su nombre resonaba en la memoria. Gloria. Se lo haría un tatuaje mental. Miró el teléfono:

 

21:00

La noche a penas comenzaba y su batería ya iba por la mitad.

—¡Hey, Eric! —Nunca le había alegrado tanto escuchar esa voz de caricatura. Liliana lo abrazó tan fuertemente que Eric temió que Gloria, desde su esquina, escuchara el crujir de su espalda—. Veo que sobreviviste sin mi.

—Sí. Bueno, acabo de llegar.

El Manu le dio a Mariana un trago rosado y espumoso que hacía juego con su cabello y labios del mismo color pintados; su blusa ligera y blanca, la falda roja, las medias negras y los converse morados.

—Pareces personaje de Final Fantasy —dijo Eric y Liliana mencionó un nombre japonés; impronunciable—. No has cambiado nada.

Marina sonrió. Sabía que había mentido. No sólo por el color del cabello, que hacía un año era verde, y alguna vez fue castaño, sino porque ella bien sabía que él también sabía que con sus atavíos pretendía disimular el paso del tiempo. Desde la muerte de Bárbol, cada año pesaba más en la expresión de su rostro, sus ojeras se acentuaban; tenía los ojos recién hinchados. Has estado llorando, pensó sin saber si mencionarlo.

—Tú sí que has cambiado —dijo Liliana como para impedir que él hablara—. Estás greñudo, flaco y muy desaliñado. ¿Tanta falta te hago? —Eric no supo qué decir. Liliana no esperó respuesta alguna—. ¿Qué tal la expo?

Eric sabía que aquello lo llevaría a hablar de Bárbol y Liliana se enfadaría. También lo haría si él evitaba responder a la pregunta. Qué lío hablar contigo, Liliana. Le dijo que la exposición había estado bien, que trataba de la memoria de lo ausente, nada más que eso; sentir la muerte ajena. Ya veo, dijo Liliana sorbiendo de su bebida. Los labios torcidos pedían cambiar de tema.

—Mejor cuéntame tus aventuras —dijo Eric y Liliana comenzó a hablar de sus viajes en el extranjero. Siempre tenía algo nuevo que contar. Mantenerte en movimiento ayuda a no pensar más que lo necesario, solía decir ella. Eric se preguntó, como cada año, si Liliana también se sentía culpable por el suicidio de Bárbol. Bebió de su cerveza.

—¿Tú qué has hecho?

Nada. Mudarse, vivir solo, sin salir de casa, sin ver a nadie ni dejarse ver más que por la mujer en la ventana que habitaba en los cuadros que él mismo había pintado. Era como verse a sí mismo todo el tiempo, desde la hipotética mirada de alguien más. No dijo nada. Apuró lo que quedaba de su trago. Creo que voy por otra.

Al volver, Liliana ya conversaba con el Manu. Alicia, Gloria y un grupo de gente alrededor suyo bailaban por allá. El dibujante se esforzaba para no mirarla y seguir la conversación. Se sentía extraviado. Liliana y los otros, que poco a poco se integraban a la charla, hablaban como viejos conocidos inmersos en una discusión iniciada antaño, una que todos, menos él, parecían dominar. De vez en cuando se le escapaba el control sobre sus ojos que se dirigían hacia el borrón sepia del cabello sobre el rostro de Gloria al girar. ¿Tú que opinas?, decía Liliana en ocasiones y su amigo respondía que sí, que no, que Liliana tiene razón, y todos volvían a conversar. El amigo de Liliana miraba la hora en su teléfono avanzar; apuraba otra cerveza y otra y otra más.

Alicia, con la voz agitada, se unió a la conversación. Liliana tomó el micrófono de la charla nuevamente. ¿Y tu amiga?, dijo y el amigo de Liliana vio a Gloria desplomada en un sillón. El cabello le caía sobre la cara, los ojos clavados en la pantalla del teléfono. Escribía mensajes moviendo muy rápido los dedos. Debe estar aburrida. El amigo de Liliana dio un paso hacia esa esquina. Era la oportunidad perfecta para abordarla, pero se sintió mareado y unas ganas tremendas de orinar lo picaban como hormigas en la panza. Arrastró los pies hasta el baño. Mierda, ¿en qué momento se había emborrachado? Cerró la puerta. El sonido exterior se aisló. ¿O era que todos se habían callado? Sólo escuchaba el ruido de su orina al salpicar. Se apoyó con una mano en la pared. La otra en el teléfono.

 

03:02

03:03

A esta hora ya no hablaría con Gloria. Mierda. El teléfono se le resbaló de las manos y cayó al escusado. Al sacarlo, la pantalla se había apagado. Mierda, mierda, mierda. Sintió deseos de llorar mientras secaba el aparato muerto con una toalla que colgaba sobre la bañera. Lo guardó en su bolsillo y sintió la carta humedecerse. Ya no la recordaba. La sacó, la leyó y se asombró de lo perfecta que era; una obra maestra. Se la tenía que entregar a Gloria. Pensaría que era un maniático, sí, un mirón de lo peor, el voyeurista del edificio de enfrente, el acosador del metro. ¿Qué más da? Aquella era la última oportunidad de hacerse notar.

Salió del baño fingiendo andar equilibrado. Pero algo había sucedido. Sobre la música se elevaba un llanto. Todos lo escuchaban. Nadie hacía nada. Casi todas las miradas rodaban sobre suelo, caían en las cervezas, llenaban las copas vacías. Hablaban en voz muy baja, como para no interrumpir a quien lloraba. Para no interrumpir el llanto de Gloria, la mujer que lloraba en la ventana. Alicia la abrazaba mientras derramaba su voz desconsolada, la estridencia inconfundible de quien recibe la noticia de una muerte, un llanto incapaz de ahogarse en un abrazo, una pena que no se alivia con palabras, una voz que brota de esa memoria que no volverá a ser vida. El llanto más íntimo que hay. Ese llanto que Liliana derramó por Bárbol hacía un par de años. El sentimiento que él todavía no lograba expulsar.

El estudiante, con la carta en la mano, buscó la mirada de Liliana, quien charlaba  en voz baja con el Manu. No dejaba de ver sus manos, de ver hacia ningún lado, como si supiera que su amigo le buscaba la mirada; como para que no la viera querer llorar. ¿Qué ha pasado? Preguntó el amigo de Liliana. No lo se, dijo el Manu; Glo recibió una llamada y, pues ya la ves. La había llamado «Glo» y no sabía qué le pasaba. Liliana siguió hablando. Alicia se llevó a Gloria sin decir nada. Al pasar a su lado, el amigo del novio de Liliana buscó, por última vez, algún detalle de su rostro difuminado bajo el cabello color sepia. Supo de inmediato que no volverían a estar así de cerca.

El teléfono seguía sin reaccionar.

El amigo de Liliana se tumbó en el sillón donde Gloria había estado mirando su pantalla. Tenía la carta arrugada en la mano. El tiempo daba vueltas frente a sus ojos. Liliana ya no charlaba con el Manu; bailaba con él y los demás. Se movía con la misma soltura que Gloria antes de llorar. Su cara se convertía en borrones rosas que alguna vez fueron verdes, otrora castaños, cuando tenía ese rostro alegre que le gustaba recordar y dibujar, la expresión de cuando Bárbol vivía, cuando no la había visto desecha por el llanto.

Se quedó pensando en Gloria. La carta cayó en trocitos mojados a sus pies. Sus manos se habían llenado de lágrimas que le hacían verlo todo como pixeles entre los ojos hinchados. Comenzaba a oscurecer bajo los párpados. El estudiante repetía una y otra vez el nombre de La mujer en la ventana. Un nombre de seis letras que se borraban entre los restos de su memoria que se volvía pantalla negra hasta no dejar nada ni de ella, ni de él

 

———

Este relato fue publicado como ejemplo del taller  “Jugar con el tiempo”, escrito para el libro Crear en apuros. Manual de escritura creativa. Si te interesa la creación literaria, no dudes en conocer el ejercicio propuesto, y, por supuesto, de adquirir el libro completo, ya que éste ofrece más recursos y estilos para ejercitar la escritura y la creatividad.

 

[Ilustración de Carlos Lopez.]

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